miércoles, 15 de marzo de 2017

Lilith

Adán arriba y Lilith abajo
  En el Día Internacional de la Mujer voy a comenzar este estudio dedicado a la primera fémina: Lilith. Quien fuera creada en igualdad y al mismo tiempo que Adán pero que no aceptó someterse a él y por decisión propia se fue del paraíso.
  Se cuenta que los hebreos durante su cautiverio en Babilonia, adaptaron y adoptaron muchos de los mitos, creencias, tradiciones y leyendas sumerias, acadias y babilónicas. Entre ellas está la de Lilith, a quien personificaron como el de la maldad femenina.
Repasemos brevemente lo que dice el mito hebreo:
  Dios creó a Lilith del mismo polvo que a Adán, aunque utilizó además sedimento. Adán y Lilith nunca hallaron armonía juntos, pues cuando él deseaba yacer con ella, Lilith se sentía ofendida por la postura reclinada que él exigía. “¿Por qué he de yacer debajo de ti?” preguntaba. “Yo también fui hecha con polvo y, por tanto, soy tu igual”. Como Adán por medio de la fuerza trató de obligarla a obedecer, ella pronunció el nombre mágico de Dios, se elevó por los aires y lo abandonó.
  He leído también, que durante su convivencia, Lilith se sentía muy insatisfecha sexualmente hablando, de ahí lo de la búsqueda de otras posturas. Otra variante del relato dice que Adán argumenta su supremacía sobre Lilith afirmando que si fueran creados iguales ella tendría la misma fuerza que él y ella víctima del abuso de esa fuerza, en un estado de indefensión o ausencia de la protección de Dios, es que invoca Su nombre como último recurso.
  Siguiendo con la versión hebrea, Adán se quejó de la insubordinación su compañera y Jehová envió tres ángeles a buscarla. La encontraron en el Mar Rojo y le ordenaron que regresara, ella se negó argumentando que ya había tenido varias aventuras amorosas con hombres y demonios. A partir de entonces se convirtió en un caudal de males para el hombre.
  En la discusión con los ángeles se adjudicó el derecho sobre los recién nacidos: “...ella vuela y atraviesa el mundo para encontrar niños que deban ser castigados (por los pecados de sus padres); les sonríe y los mata. Esto sucede con la luna menguante, ya que la luz disminuye. Otra de sus atrocidades consiste en que se apropia del semen que no fue vaciado de manera santa, es decir, del semen de las masturbaciones y de los sueños eróticos, y se embaraza con él, por ello siempre está pariendo espíritus malignos.
  Por último, seduce a los hombres incautos: Ella se llena de adornos, como una abominable prostituta, y espera en las esquinas de calles y avenidas para atraer a los hombres. Cuando un tonto se le acerca, ella lo abraza y lo besa, entonces mezcla su vino con veneno de serpiente para él. Cuando él ha bebido se desvía hacia ella, y cuando ella ve que él se ha desviado del camino de la verdad, se quita todos los adornos que se había puesto por este tonto (y le muestra su verdadero rostro: el de la muerte)
  Lilith seduce a la humanidad mediante su larga cabellera roja, de piel muy blanca y mejillas rosadas y con un rostro embellecido por cosméticos. Su boca es pequeña, de hermosos labios rojos, sus besos son dulces, su lengua es aguda como una espada y sus palabras tienen un tono suave. De sus orejas cuelgan seis pendientes, su cuello está ornamentado por adornos del este. Se vestimenta cuenta con treinta y nueve adornos y es de color purpura, su cama es grande y está hecha de lino egipcio.

La versión de los hechos según Lilith
  Teresa Dey escribió en una de sus obras la declaración de los hechos contados por la propia Lilith y a continuación trataré de hacer un resumen de la misma:
  Génesis 1:27 Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó.
  Yo soy Lilith, la innombrable, la primera mujer de Adán. Soy mujer y soy demonio; el demonio del deseo, la mujer que se introduce en los sueños lúbricos, la de pubis de fuego; el demonio de la rebeldía, la mujer insumisa; el demonio de la libertad, la mujer nocturna de barro de la tierra; mis Lilim se han mezclado con las hijas de Eva. Los vástagos de Adán me niegan porque incapaz de reflejar mi imagen, soy espejo de sus miedos.
  Con el tiempo, la mirada de Adán se perdió en mi búsqueda, sin embargo, solamente me encontraba en un recuerdo lejano y ahora en sus sueños. Cada día desea dormir durante más tiempo para gozar de mis visitas ¿Sería éste su nuevo castigo? Soñarse en mis brazos y al abrir los ojos, toparse con la imagen gastada de la mujer con quien debía permanecer hasta el fin de sus días. Ver ese abdomen hinchado, los senos caídos, las canas; respirar ese olor agrio, olor viejo. Él la amó ¿La amó? El no recuerda, pasó mucho tiempo.
  ¿Cómo comenzó todo? En el principio creó Dios los cielos y la tierra. Dijo; “Sea la luz”. Y la luz fue; la separó de las tinieblas, hizo el día y la noche. Apartó las aguas; hizo que surgieran cielos, tierra y mares. Hizo florecer el verde, crecieron los árboles y dieron frutos. El Sol y La Luna aparecieron en el firmamento por Su voluntad, alumbraron el día y la noche. Las aguas produjeron vida; los cielos se poblaron de aves; animales de variadas especies caminaron por la tierra.
  Durante el sexto día decidió crear al género humano. Tomó polvo y la tierra, los amasó y dio forma a un cuerpo masculino. Al mirarlo se vio reflejado; sin embargo, era un Él incompleto. De nuevo recogió tierra debajo de un olivo y polvo del desierto, los unió y modeló a la primera mujer, o sea a mí. Al vernos, supo que juntos reproducíamos mejor Su imagen. Sopló sobre nosotros y nos infundió vida. Nos llamó Adán, que quería decir tierra y Lilith, viento. Nos dio el poder de la palabra para que nombráramos el universo. Nos confió Su Gran Nombre y nos bendijo para que viento y tierra multiplicáramos nuestra especie.
  Hombre y mujer nos miramos deslumbrados; no sabíamos hacía dónde dirigir la vista, si al cielo brillante, al verdor que nos rodeaba, o a nuestros propios cuerpos, al cuerpo del otro o a Él, quien con una sonrisa se alejaba; debía descansar. Un mareo intenso de colores, olores y sonidos contrastaba con la leve brisa que acariciándonos nos revolvía los cabellos.  
  Comenzamos a explorar el mundo nuevo que se nos acababa de regalar y a cumplir con nuestra única misión, poblarlo todo. Aprendimos a escuchar la voz del otro, oler las fragancias ajenas, tocar suavidades y asperezas, de gustar los néctares de piel.
  Adán y yo intimamos. Durante los encuentros, ambos experimentamos la revelación de esa presencia creadora que llevábamos dentro. Juntos rodamos por los pastos del paraíso;
Adán siempre quedaba sobre mí, aplastándome. Yo intentaba invertir la posición, pero él me inmovilizaba.
  Se me fue agotando el asombro, el peso de Adán era asfixiante. Levanté la vista y encontré una faz sonriente y satisfecha; sin embargo, yo me sentía atrapada en una rendija del Edén. Quería tener alas o poder correr como un antílope, o rasgar cual pantera. Miré de nuevo hacia mi compañero y suspiré.
  Intuí que debía haber otras maneras de unir nuestros maravillosos cuerpos nuevos. Le propuse un cambio; y él se negó.
  - Tú debes ir debajo; mira a tu señor hacia lo alto, a tu señor con respeto.
  - Mi señor es Elohim, no tú. Nosotros fuimos hechos del mismo material, bien podría yo estar sobre ti. – Le respondí –  
  - ¿No ves acaso la diferencia? – dijo Adán –
  - Somos distintos pero iguales; Dios nos dio vida juntos.
  - Mírame, soy como la luz del medio día, tú como la sombra de la tarde, fuiste creada después de mí, tu color lo dice.
  - Todos los colores de la creación se concentran en Elohim, Él nos ama por igual a ambos – Argumenté –
  Adán se puso peor, él era más alto, más musculoso y podía someterme.
  - Me debes obediencia mujer – Me dijo tomándome de la muñeca con una mano de hierro – 
  Entonces invoqué a Elohim ¿Dónde estaba El? Quería saber si ese hombre hablaba con la verdad y supliqué por Él.
  - ¿Quién eres tú para interrogar al Creador? Si Él así lo hubiera querido te habría hecho más grande que yo, pero mira, con una sola mano puedo hacer que te postres ante mí. – la increpó mientras tiraba más de su brazo –
  - Solamente me postraré antes Elohim – respondí mientras las piernas me temblaban por el esfuerzo tratando de mantenerme erguida –
  Con cada palabra pronunciada por Adán, yo sentía que el Jardín del Edén se encogía, los árboles me cercaban y me cubrían la luz; el vaho de los animales me humedecía la piel. Me sentía restringida en mi más leve movimiento. Entonces Adán, más violento, me tomó por los hombros, quería tenderme una vez más. Yo odié esas manos, espinos que me traspasaron la carne; me resistí con la rigidez aprendida de las rocas, pero una lluvia de aguijones se clavó en mi espalda; el espacio se estrechó entre ambos.
  - Elohim ¿Dónde estás? – mi interior suplicaba su presencia –
  Sentí un tirón de mis cabellos, la proximidad de esa cara sudorosa y de ese aliento que se estaba mezclando con el mío. Quise girarme para evadirlo, pero él era más fuerte.
  Saqué fuerzas de donde no las tenía, miré llena de rabia los ojos de Adán y pronuncié el nombre secreto de Dios: con sus doce, treinta y dos y setenta y dos letras a la vez. Adán se sorprendió y retrocedió asustado. 
  Yo había hecho uso del poder del nombre secreto; había recitado las letras que ni siquiera el detentador del Gran Nombre se atrevía a formular.
  Mis palabras liberaron los vientos, que se reunieron azotando todo cuanto encontraron a su paso; llegaron al mismo tiempo y se posaron debajo de las plantas de mis pies y me levantaron. Mi cabellera de mujer se agitaba en cien brazos; mis ojos centelleaban sonrientes ante la mirada pueril del hombre que segundos atrás me quería someter. Por fin podía respirar a mis anchas. El paraíso había resultado un sitio demasiado angosto para dos iguales. Se podía quedar Adán con sus animales y sus árboles; la creación era vasta y yo ya encontraría otro lugar dónde vivir.
  Remonté sobre las praderas, me despedí de las cuatro vertientes del río que fluía a través del Edén. Así abandoné el paraíso y volé hacía el oriente. La luna menguante iluminó mi camino mientras flotaba como sobre las corrientes aéreas acompañada de una lechuza. Sólo me intranquilizó un calor intenso que subía desde la parte inferior de mi cuerpo; bajé la vista y mi pubis se había convertido en fuego ardiente. Así viento en brazos de los cientos
abandonó el paraíso.
  En mi viaje pensaba ¿Por qué Elohim me había abandonado? ¿Por qué los espíritus puros debíamos rendirle homenaje al hombre recién moldeado? ¿Por qué Dios lo amaba a él por encima de las demás criaturas de su creación? Yo no estaba dispuesta a arrodillarme ante ese ser de barro y aire.
  Ya estaba llegando al Mar Rojo, para ese entonces mi cintura, pubis y piernas parecían un fuego incandescente. Ahí vi por primera vez a Samael y sentí que esa criatura sí se merecía mi homenaje. Me miró con atención, trató de adivinar mi nombre en vano. Le dije que era un ángel caído y sin vueltas ni pérdida de tiempo le suspiré a su oído la pregunta para saber si tenía interés en descubrirme. No usó palabras, sus ojos amarillos respondieron y así decidí ofrecerle mi guarida.
  Dudo que a lo largo de la historia dos cuerpos produzcan semejantes ráfagas de luz, como lo hicieron los nuestros. Durante siete días y siete noches, estallábamos en giros y vuelos circulares, provocábamos lluvias de estrellas, simulábamos cometas. Nuestras cópulas iluminaron las praderas y sus cavernas. Fuimos lunas carmesíes. Samael había abrazado en mí a la mujer de viento y fuego.
  Mientras tanto en el Edén, Adán se hallaba solo, había intentado acoplarse con cabras de tersa piel, becerras gordas y burras dóciles, pero ninguna de ellas se tiende a él. Entonces invocó a Elohim y le explicó que sin mujer no podía acatar Sus órdenes. Elohim, miró que Adán se hallaba compungido y solitario. Sintió pena por él. Llamó a Senóy, Sansenoy y
Semangedolf para que me buscaran y me invitaran a regresar al Edén, que ese era mi lugar y con la promesa del Señor que estaba dispuesto a olvidar mi huida.
  Los ángeles me encontraron en las cavernas y obedientes repitieron las palabras de Elohim y me conminaron a volver con Adán. Me rehusé; no quería volver a ver a ese hombre y menos quería someterme a él.
  - No puedo retornar, he roto el pacto, soy impura para pisar los pastos del Edén, acaso no han mirado a mis Lilim, ellas son mi descendencia. Con Samael las he concebido, estas son sus tierras, a él les pertenecen, como les pertenezco yo ahora y no quiero partir.
  - No puedo negarte, Elohim te lo ordena – dijeron los ángeles en trío – 
  - Dios es dulce como las uvas, pero Adán es una raza que rasga y hace sangrar. Yo llamé a mi Señor y Él no me escuchó. Por eso no quiero volver al Edén.
  - Por tercera y última vez. ¡Lilith, regresa! – me advirtieron – 
  - ¿Acaso no saben que Elohim me regaló también la voluntad? Pues bien, hago uso de ella y me quedo aquí – les respondí a los ángeles con voz airada –
  - Si has decidió ser libre, deberás pagar las consecuencias de tus actos; vivirás y conservarás en tu rostro Su semejanza, porque Elohim aún te ama, a pesar de que abandonaste el paraíso – me dijo Senoy –
  - Pero no volverás a ver la faz de Dios por toda la eternidad, no disfrutarás de la luz del día – fue la condenación de Sansenoy –
  - No tendrás siquiera el consuelo de mirarlo en tu propia cara, no reflejarás tu imagen nunca más. Tu nombre y tu faz se volverán en tu contra – declaró de forma contundente Semangelof –
  En ese momento sentía que millones de hormigas me caminaban por el cuerpo, que la sangre me abandonaba. El fuego hervía en mis entrañas.
  - Elohim ¿Dónde estás? – clamé una vez más –  
  - Él nos envió para llevarte con Adán – contestaron los tres –
  - Adán es el gran culpable de que Elohim me abandone, él deberá pagar – argumenté convencida en mi defensa –
  - A Adán no podrás tocarlo; ni a su descendencia una vez que se haya celebrado el pacto con Dios. Es decir, hasta ocho días después del nacimiento; mientras tanto, nosotros los protegeremos – respondieron los ángeles –
  - Ustedes no podrán cuidarlos por siempre, en su ausencia, en su descuido estaré yo – los amenacé –
  - Si lo intentas, siquiera frente a nuestros nombres morirán cientos de Lilim y te quedarás sola – sentenciaron los tres –
  - Así sea, pero él pagará – no estaba dispuesta a retroceder – 
  - Repetiremos ante Elohim tus palabras – contestaron Semangelof, Senoy y Sansenoy -
  - ¿A qué? ¿A repetirle algo que Él sabe ya? Fuera, fuera de mi casa, de mis tierras, vayan al Edén a proteger al hombre – bramé como una leona –
  Así fue que volaron los ángeles preocupados por ese don que Dios nos había otorgado a los seres corpóreos; el albedrío podría convertir a estas nuevas creaturas en perpetuos proscritos.
  Cuando ellos se fueron, bajé mi cabeza para tratar de contener las cascadas de agua salada que brotaban de mis ojos. Esa noche, el Mar Rojo se desbordó mientras yo quebrada en llantos seguía implorando la presencia de Elohim.
  En esa misma noche, cuando Adán dormía plácidamente confiado en su Dios. Él se le acercó sin hacer ruido, acarició sus rizos y lo sumió en un sueño más profundo aún. Le extrajo la quinta costilla. El barro no había fraguado del todo y era maleable. Las hábiles manos de Dios modelaron a una mujer más parecida al hombre que a Él mismo. Le dio un alma inmortal y la libertad. La aderezó con una tiara de flores y la llamó Eva, que quiere decir en lenguaje humano: fertilidad.
  Despertó al hombre y le acercó la nueva mujer diciéndole:
  - Esta es Eva, tu compañera, es sangre de tu sangre y hueso de tus huesos. Es tan similar a ti que no podrás separarte de ella, ni ella de ti. Deberás tener buen cuidado de mostrarle todo el huerto. Pero recuerda, no deberán comer, ni tocar el árbol de que se encuentra en el centro del jardín; de hacerlo, morirán – sentenció Elhoim –
  Adán miró a la creatura nueva, la llamo Varona, pues de varón había salido; vio que era dócil y mansa como camella y se alegró. La tomó de la mano y le fue enseñando los nombres con que había de llamar a todos los frutos y animales del paraíso. El hombre habló a Dios y se aprestó a servirlo encima de su nueva mujer.
  Samael notó el dolor y el vacío que estaba creciendo en mí. Puedo decir que él me amaba y nunca dejó de alimentar la hoguera que habíamos encendido. Hoguera en la Adán tendría que caer algún día. ¿Cómo podía ser que Dios en todo ese tiempo no haya notado la soberbia de Adán? 
  Samael y yo pensábamos que si encontrábamos las pruebas en contra de Adán; Elohim sabría que he actuado con justicia, que nos perdonaría y que en el futuro podríamos volver a gozar de su presencia. Yo seguía convencida de la sabiduría absoluta del Creador y que con solo mirarme a los ojos sabría que no miento o entendería mis razones para hacer lo que hice. Pero yo no podía acercarme al paraíso, ya que cada una de las puertas estaba custodiada por ángeles enviados para tal propósito.
  No obstante, sí Samael lograra introducirse en el Edén, había posibilidades de dejar a Adán al descubierto. Así fue que ideamos un plan: que Samael se introduzca en la piel de una serpiente y burle la guardia del Eden. Una vez dentro, trepó el árbol que se hallaba justo en el corazón del huerto y se dispuso a esperar al hombre.
  Resultó ser que Eva era más curiosa que Adán; sus ojos, más nuevos que los de él, se maravillaban tan a menudo de la grandeza de la creación que se negaba a cerrarlos, aún por las noches, abstraída en las formas estelares, en el caminar de los animales nocturnos, en el roció del amanecer sobre los pétalos de las flores, etc.
  Fue ella la que se acercó más al árbol y lo rondaba extasiada. No fue difícil convencerla de que se aproximara más y al ver a la serpiente preguntó:
  - ¿Quién eres tú que vives entre las ramas del árbol prohibido?
  - Me llaman veneno de Dios – contestó Samael –
  - ¿Eres tal vez el guardián del árbol?
  - No lo soy – respondió –
  - Entonces ¿Por qué no mueres? Si el creados nos ha dicho que con solo tocar las hojas del árbol caeríamos fulminados por su rayo – fueron las palabras de Eva –
  - Acércate, toca, verás que nada sucede – afirmó la serpiente –
  Eva apenas rozó las hojas y se escondió la mano. Estupefacta comprobó que seguía ilesa. Abrió más los ojos y pregunto:
  - ¿Elohim mintió?
  - Para Dios no es necesario que Adán y tú tengan la ciencia de reconocer el bien frente al mal, los quiere en la inocencia – dijo la serpiente –
  - ¿Por qué?
  - Porque quizás podrían enfrentarlo. Él no desea que duden, ya que tendrían el don de elegir y podrían optar por el mal – esa fue la respuesta –
  - ¿Cómo podríamos buscar el mal si estamos hechos a Su imagen? Y Él es todo bien – habló Eva con su lógica –
  - Adán está moldeado en barro y tú de su costilla; no son sino arcilla débil y maleable a Sus designios y así seguirán, a menos que conozcan el sabor de la sabiduría – fueron las palabras tentadoras de la serpiente –
  - Somos hombre y mujer, la creación última... casi como Él.
  - Casi... pero no del todo
  - Sí comemos de este árbol seremos además sabios como Él ¿Cómo podríamos equivocarnos? – razonó Eva y estaba a punto de caer en la trampa –
  - Entonces prueba...
  - ¿Seríamos como dioses?
  Eva alargó la mano, cortó un fruto y lo mordió. Sus ojos adquirieron de inmediato un brillo de hielo. Miraba a su alrededor asustada. El velo que la cubría se desprendió. Había comprendido que la naturaleza recién creada no era continuación de su piel. Supo Eva que podría crear, modificar y destruir...
  Apareció Adán que la buscaba. Antes de que ella pudiera proferir palabra, él vio la fruta en su mano y la increpó.
  - ¿Qué hiciste Eva? ¿Cómo te atreviste a comer del árbol? ¡Nada te ha sucedido!... Muéstrame el fruto – se lo arrancó de entre los dedos –
  Eva se quedó muda, no podía explicarle con las palabras para él conocidas. Solamente le    dijo:
  - Sé cosas que ignoraba. Veo cosas que tú no ves...
  - Recuerda, tú provienes de mí. No puedes conocer más que yo – respondió Adán –
  - Aun así, sé. Adán, tengo miedo...
  - ¿Miedo? ¿Qué es el miedo? Habla mujer.  ¿Por qué te mueves como las hojas del sauce al atardecer?
  - Tiemblo porque tengo miedo y frío, estoy desnuda – respondió Eva –
  - ¿Desnuda? ¿Qué dices? – preguntó mientras se acercaba a ella con mirada de ocelote –     
  - El fruto del árbol otorga sabiduría, sé que estoy desnuda. Dios lo sabrá también.
  - ¿Sabes tanto como Yahveh?
  - Pregúntale a la víbora – sugirió Eva – 
  El hombre levantó la vista, miró a la serpiente enredada en el árbol. Mordió el fruto que tenía en la mano y dijo:
  - Yo también quiero ser como Él...
  Adán y Eva se tejieron hojas de higuera para cubrir su desnudez; desde que fueron creados nunca habían sentido necesidad de proteger sus cuerpos.
  Al escuchar el murmullo de la presencia de Dios, corrieron a ocultarse, habían desobedecido y sentían todas las piedras del paraíso sobre sus hombros. Elohim los llamó.
  - Estamos desnudos – contestaron –
  - Han comido del árbol prohibido. Adán ¿Por qué desobedecieron? – dijo Elohim con vos de relámpago –
  - Señor, la mujer que me diste por compañera, me dio del árbol y yo comí – respondió Adán de inmediato –
  - Elohim se dirigió entonces a Eva: ¿Qué has hecho?
  - La serpiente me engañó – contestó asustada –
  Entonces Yahveh miró a Samael y lo maldijo:
  - Por cuanto esto hiciste, maldito serás entre todas las bestias y entre todos los animales del campo; sobre tu pecho andarás y polvo comerás todos los días de tu vida. Samael, nadie puede mostrarme el camino a seguir, Yo soy tu Señor.
  Y volviéndose hacia el hombre y la mujer dijo:
  - Deberán salir del Edén. No quiero que prueben del árbol de la vida nuevamente. Eva, tú sentirás que se te abre el cuerpo al parir a tus hijos, obedecerás a tu hombre. Adán, habrás de labrar la tierra, arrancarás espinas y abrojos. Y volverán al polvo del que han sido formados. Desde hoy tendrán conciencia de su finitud, conocerán la muerte, pretenderán evitarla en vano. Enterrarán a sus muertos, inventarán rituales. De poco les servirá el conocimiento, mientras más sabios, mas sufrirán por sus pérdidas, no podrán curar el dolor por que excederá sus cuerpos. No encontrarán el sitio que punza. Ese será su castigo. – Sentenció Dios con tristeza –
  Mandó que se les entregaran unas pieles de animales para que se cubrieran y ordenó a uno de sus ángeles que cuidara la gran entrada del Edén. El cielo se tornó gris, una tormenta centelleante los cubrió. Yahveh estaba muy triste.
  La pareja caminó durante tres días y sus noches. Llegaron hasta más allá de las tierras colindantes con el paraíso. En el camino, Adán pensó en mí mientras Eva iba detrás de él; se preguntaba si yo también hubiera comido del fruto prohibido.
  Al amanecer del cuarto día, llegaron a su destino. Adán y Eva supieron que allí debían parar. Que esas eran sus nuevas tierras y su lugar para establecerse.
  Cuando Samael regresó a Zmargad, estaba muy cansado luego de arrastrarse por todo el polvoriento camino. El plan no había salido completamente como lo esperábamos, pero yo no podía evitar los aleteos de los colibríes en mi garganta al confirmar la forma en que Samael hiso caer a la pareja de Éden.
  Sin embargo, solo una mitad de mi ser estaba contenta y satisfecha, la otra mitad sentía dolor, como aguijones de abejas queriendo salir de mi cuerpo. La decepción de Elohim no me alegraba en lo absoluto. La lluvia incesante era un testimonio de que Dios estaba dolido y que a ninguno de todos nosotros estaba dispuesto a perdonar. Nuevamente volvieron a mí las preguntas sobre ¿Cómo podría vivir sin sentir de nuevo Su presencia? ¿Dónde estaba Elohim?
  Al disponerse Adan a descansar en su nuevo hogar, notó un brote de sangre que partía de entre las piernas de Eva; lo supuso un nuevo castigo, una muestra de su impureza. Ella no lo había mencionado, temerosa de que éste fuera el medio que Jehová hubiese elegido para que muriera. Sin embargo, al tercer día, el sangrado se detuvo. Adán y Eva nuevamente intimaron, pero por primera vez en tierra inhóspita. A los pocos meses el vientre de Eva se infló, sus pechos crecieron y son aullidos de lobo dieron a luz al primer niño nacido de mujer. Adán lo llamó Caín. Todavía conservaba la imagen, pero era pequeño y lloraba. A Eva le brotaban ríos de leche de los pechos, el niño bebió, dejó de llorar y se quedó dormido.
  Adán no acertaba tratando de comprender la concepción de esa pequeña creatura, era Eva quien debía dar la vida, ella quien alimentaba al nuevo ser, en su vientre se hallaba el futuro de la humanidad; sin embargo, Eva y el niño eran frágiles. A él correspondía solamente sembrar la simiente. Se asustó ante semejante descubrimiento, debía proteger a su descendencia. Eva era madre, de su cuerpo había brotado vida y con eso le bastaba; estaba atada a este pequeñísimo hombre por la enredadera más fuerte.
  Dejó de prestar atención a lo que Adán hacía mientras ella admiraba la tez brillante de su crío y lo ofrecía a Dios. Después nacieron Abel y Set. Con cada alumbramiento la carne de Eva envejecía, se aflojaba. Pero no conoció el verdadero dolor por la rajadura del cuerpo,
sino con la muerte de su hijo Abel por las manos de su Caín y luego el destierro de este; entonces comprendió el significado del castigo impuesto por Elohim.
  Eva lloró tanto que se hizo más pequeña, casi como una nuez, encorvada y reseca como tierra árida. A cada desgracia, escuchaba la lamentación de Adán:
  - Si tú no hubieras comido del árbol...
  Ella bajaba la cabeza y callaba, no tenía nada que decir, nada repararía la pérdida.
  Por esos tiempos, yo seguía siendo dolorosamente bella y eterna. Comencé intencionalmente a rondar por los sueños de Adán; quería ver de nuevo nuestra semejanza; quise atraerlo a universo onírico para poder asomarme por los ojos de Adán y ver al menos la sombra de Elohim por su intermedio. Pero encontré tan sólo a un anciano de setecientos años, medio calvo y estriado, de enorme nariz y grandes orejas pobladas de pelos blancuzcos, que gozaba en sus sueños y sonreía desdentado. Adán no era ni la más leve imagen de aquel hombre que trató de someterme por la fuerza en el Eden; el tiempo transcurrido se la había robado. Entonces comprendí que había perdido la oportunidad de ver lo más parecido a la faz de Dios, que estaría condenada a buscarla por toda la eternidad o hasta que Elohim se apiadara de mí y volviera a verme.
  Decidí entonces dar un paso más y nuevamente infiltrándome en sus sueños guie al hombre hasta su estanque. Adán, por culpa de mis sueños se despertó con calor y sed al lado de la fuente de agua. Al inclinarse para saciar su sed creyó que lo que el espejo de agua reflejaba era un animal que él había olvidado de nombrar, pero al reconocer los movimientos paralelos con los suyos gritó; se observaba aterrado, se tentaba la cara y los brazos sin poder creer lo que veía. Huyó del lugar despavorido, ésa no podía ser su imagen. Entonces entendió que no sólo Eva, sino también él había cambiado.
  Así fue que día a día Adán no quería despertarse, dormía cada vez más tiempo y me buscaba en sus sueños y una vez más decidí aparecer en ellos y como un vientecillo suave comencé a susurrarle al oído y le dije:
  - Mi imagen no produce ningún reflejo para no poder verlo a Elohim, pero me doy cuenta que tú también lo has perdido ¿Dónde está tu belleza Adán? ¿Y tu soberbia? ¿Te das cuenta que dentro de poco serás sólo polvo? Parece que después de todo, Dios nos amó por igual. El Señor Todopoderoso es justo – Después de pronunciar esas palabras me alejé para no volver jamás a acercarme a él –
  En los cien años que le restaron de vida desde aquel momento en el estanque, Adán nunca pudo olvidar su cara decrépita; ni mis palabras.  

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